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El xolo y el río

16 oct
2 min de lectura

Cuenta la tradición que, cuando un alma moría, su camino apenas comenzaba.

Tenía que atravesar el Mictlán, el inframundo, nivel tras nivel, durante cuatro años. Y en algún punto de ese viaje, llegaba frente a un río. No un río cualquiera: ancho, oscuro, de corriente fuerte. Imposible de cruzar a pie. Imposible de cruzar sola.

Ahí, en la orilla, esperaba un xoloitzcuintle.

No cualquiera. Según cuenta el mito, solo reconocía a las almas que habían sido buenas en vida, que habían tratado bien a los animales, que merecían ayuda. Si el alma era de las suyas, y si la reconocía, el xolo se acercaba, dejaba que se sostuviera de su lomo, y juntos cruzaban la corriente.

Del otro lado no había aplausos ni ceremonia. Solo la certeza de que el camino podía continuar.

Los mexicas lo sabían: algunos cruces no se hacen solos. Por eso, cuando alguien moría, era común que su propio perro, el que había dormido a sus pies, el que lo esperaba en la puerta, lo acompañara también en esa última parte del viaje. No como un sacrificio sin sentido, sino como la continuación más natural de lo que ya habían sido el uno para el otro en vida: compañía, sin condiciones.

Hoy no hace falta cruzar un río mítico para entenderlo. Basta con pensar en la última vez que algo salió mal y tu perro se quedó cerca, sin que se lo pidieras. En el fondo, es la misma historia: alguien que no te suelta cuando el camino se pone oscuro.

Esta noche del 27 de octubre, cuando enciendas una veladora para el tuyo, piensa en esto: quizá el río ya lo cruzaron juntos hace tiempo. Y quizá, por una noche, vuelve solo para recordártelo.



 
 
 

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